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7 p.m. en Vitoria

Esto que vas a leer es una historia más. No es diferente ni original, es la verdad. Hace dos años me uní a ese club de personas que dejan un trabajo porque les absorbe la vida. En cuanto me fui, decidí viajar durante unos días. Siempre que tomo distancia me cambia la perspectiva.

Como os decía, esta no es una historia nueva.

Era febrero, entre semana, nadie estaba disponible para hacer una escapada. No me lo pensé demasiado, compré el billete de ida y vuelta a Vitoria y me fui sola.

Una vez más, nada nuevo.

No era la primera vez que viajaba por mi cuenta, y tampoco me estaba yendo a la otra punta del mundo. Sin embargo, esta vez me paré a observar el comportamiento de la gente. Como periodista y curiosa por naturaleza, es algo completamente inevitable en mí. Así llegué a una conclusión: todo el mundo te mira cuando eres una mujer que viaja sola. Todo el mundo. Por no hablar de los muy típicos: “¿Estás segura?”, “¿Tú sola?”, “¿No te da miedo?”, “No salgas por la noche”, “¡Ten cuidado!”.

El día que llegué a Vitoria me recorrí el casco antiguo a pie, sobre las 7 p.m. En esa época, las calles solo están alumbradas por las cálidas farolas. A mí me apasiona caminar por la noche con mi música alterándome los sentidos. Todavía disfruto más cuando estoy descubriendo una ciudad nueva. Y me gusta ir sola. ¿Por qué tengo que tener a tantos pepitos grillo susurrándome que tenga cuidado?

Desde entonces, mi estantería está llena de escritoras que se hacían y se hacen las mismas preguntas.

“Si no cuentas tu propia verdad, no puedes contar la de los demás”.

Virginia woolf
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