Una almáciga para no olvidar

Tengo una amiga que por suerte no usa redes sociales. Al menos no de forma desmesurada. Cuando empecé a escribir por aquí quise compartirlo con ella, porque no hablamos mucho, pero cuando lo hacemos parece que no ha pasado el tiempo.

Pues bien, su respuesta fue analógica. Una semana después me llegó un paquete a casa: un libro y una pequeña carta en su interior. Antes de empezar el libro, leí la carta. Hablaba de arraigo, de contar historias y de las historias sin contar, del legado de nuestros mayores y cómo lo dejamos apagarse. Aun no comprendía lo que era Almáciga, el título del libro, pero en ese momento ya me había recorrido por todo el cuerpo un sentimiento de pertenencia. A nuestro pueblo, que es donde nació esta amistad. A nuestros abuelos, que es a quienes debemos el vínculo.

Mis abuelos me han podido contar veinte veces la misma historia y a la veintiuna sigo tan entusiasmada como la primera vez. Especialmente cuando me hablan de la vida en el pueblo cuando eran jóvenes. Entonces me invade una extraña nostalgia por una vida y un tiempo que jamás viví. Es como el anhelo por una vida en el pueblo, cuando los pueblos tenían mucha vida.

Hoy sigo escuchando esas historias de mis abuelos maternos, y recordando las de mis abuelos paternos. Son estos últimos quienes me hablaban del pueblo en el que pasé todos los veranos de mi infancia y juventud. Donde perdí la cuenta de las veces que mis amigos se reían de mí porque cada noche tenía para cenar pescado, cuando lo único que yo quería era un huevo frito con patatas. A veces me aliaba con mi abuelo y conseguíamos escaquearnos para cenarnos ese huevo frito, aunque fuera sin patatas. Donde me iban a buscar por las mañanas para ir al río y les abría la puerta mi abuela con un: “Toma hijo, una pastita”. Ella no te la ofrecía, te obligaba a cogerla. La misma que te miraba con recelo si querías comerte una porque “son para las visitas”.

En el corral

Ahora digo con orgullo que mis abuelos eran los pescaderos del pueblo, y me río cuando me viene a la cabeza la imagen de mi abuela dando toda clase de dulces a mis amigos. Es un hueco enorme el que dejan al marcharse, pero es más profunda su huella, y por tanto su legado.

Precisamente de huellas, surcos y legado habla Almáciga. Un vivero de palabras de nuestro medio rural. Un libro escrito por María Sánchez que te hace volver a tus raíces y te recuerda por qué es importante preservar el medio rural y su palabra.

“Y es que el campo y nuestros medios rurales tienen otros ritmos y otras canciones: una manera de hablar única que hermana territorio, personas y animales”

María insiste para aprender

Cuando descubres a una escritora o escritor que te remueve el interior, ya no hay vuelta atrás. Eso sucede con María Sánchez, veterinaria de campo que defiende otras formas de producción y de relación con la tierra. Además, trabaja con razas autóctonas en peligro de extinción en la actualidad.

María también escribe. Y habla. Sobre literatura, feminismo, ganadería extensiva y medio rural. Ha escrito un poemario, Cuaderno de campo (La Bella Varsovia, 2017) y un ensayo sobre mujeres y medio rural, Tierra de mujeres, una mirada íntima y familiar al mundo rural, es su primer ensayo, un texto sobre mujeres y medio rural (Seix Barral, 2019).

En septiembre de este año salió a la luz su último libro Almáciga. Un vivero de palabras de nuestro medio rural (geoPlaneta, 2020), un semillero donde María nos invita a insistir, insistir e insistir en no olvidar las palabras del medio rural que se pueden perder si no las cuidamos. Un paseo por los surcos de nuestro léxico acompañado de las delicadas ilustraciones de Cristina Jiménez.

Ilustración manos Cristina Jiménez

El proyecto almáciga, la palabra-semilla

Nuestro medio rural se vacía, y con él las palabras y expresiones de sus habitantes. Todas las formas de transmisión oral de nuestros pueblos que han pasado de generación en generación. Creo que no hay mejor forma de expresarlo que como lo hace la propia María:

“No podemos olvidar nunca la palabra: la hablada, la silenciada, la recordada, la callada, la enterrada, la olvidada, la cantada…; la palabra a punto de nacer o de extinguirse. […] ¿A dónde irán las palabras al desaparecer? ¿Qué ocurrirá con nuestras hablas? ¿En qué se transformarán? ¿Permanecerán latentes dentro de una crisálida a la espera de algún cambio? ¿Se convertirán en marcas y pinturas que dentro de muchísimos años los hijos e hijas del futuro serán incapaces de descifrar?”

Almáciga no es un libro estático. Está vivo, como sus palabras. María no solo ha rescatado, cuidado y vuelto a poner en valor esas palabras que se estaban olvidando. Nos invita a tejer con ella ese semillero, a ser colectivo en tiempos de urgencia e inmediatez.

Portada libro Almáciga

En su libro recupera algunas de esas palabras y expresiones a través de pequeñas historias. Con el proyecto nos permite colaborar, compartir nuestro vocabulario familiar, incluso aquel que no identificábamos como propio. Unirnos para cuidar y preservar, para dejar rastro.

No quiero desvelar en este escrito las palabras que nos propone María, invito a pasear con ella a través de sus historias e ir descubriendo nuevos parajes léxicos de la mano de quien comenzó este proyecto. Lo que sí voy a hacer es añadir aquellas que me han acompañado a mí desde mi más tierno recuerdo, para iniciar mis pasos en esta almáciga querida.

Una maña que lleva cachava

Siempre me ha fascinado Campos de Castilla de Antonio Machado, porque retrata los lugares donde pasaba mis veranos. Campos de girasoles, campos de viñas. Del mismo modo que pierdo la noción del tiempo cuando escucho a Labordeta y su Canto a la libertad. Mi corazón se ha dividido siempre entre dos tierras. Un poco como le pasaba a la Kahlo en Las dos Fridas. Con la diferencia de que en una llevaría una cachaba y en la otra una gayata. Ambas palabras se refieren básicamente a un palo o bastón. No recuerdo ver a mi abuelo yendo a pasear al campo sin una.

En mi casa siempre se ha dejado el plato vacío. Probablemente resquicios de épocas de necesidad. El caso es que en mi pueblo vallisoletano se rebaña el plato de lechazo, pero en las comidas familiares en Zaragoza es más usual rosigar las costillas del ternasco. No dejar más que el hueso vaya.

A día de hoy tengo presentes más palabras aragonesas porque es donde paso más tiempo. Podría hablar de lo que te chipias cuando jarrea en Zaragoza, que te empapas cuando llueve fuerte, que aquí es básicamente nunca. O de la expresión coger un capazo, que responde a ese momento en el que te encuentras con un conocido o conocida en la calle y os pegáis horas hablando. Lo zaborrero o chapuzas que eres por dejar que se esbafe la cerveza, que pierda el gas. Y mi favorita, que algo te de pampurrias porque te da mucha grima.

Es curioso porque las dos palabras que más resuenan en mis recuerdos de toda la vida están en páginas contiguas en Almáciga, y cada una es de un lugar diferente. Son las únicas que sí me gustaría añadir aquí, a mi semillero particular. Una me recuerda a mis abuelos maternos, a los que asocio con Aragón, con el permiso de mi abuela, aunque sea soriana. Esa palabra-semilla es la falsa, como se llama en aragonés al desván donde se guardan las cosas del huerto, de los cultivos o los aparejos de los animales. La otra es propia de Castilla, pero antes de desvelarla, una breve explicación. Se trata de un sistema de calefacción que se construye bajo una habitación de la planta baja de una casa. En ese hueco se prende la lumbre y se mantiene encendida para que nunca se enfríe la estancia. A mí me encantaba entrar al salón de la casa del pueblo y notar el calorcito en los pies, nos sentábamos al calor de la gloria.

El cobertizo

Arraigo

Como ves, almáciga se puede convertir en un modo de vida. Estar alerta cuando escuches una palabra nueva, anotarla, guardarla, cuidarla, y volverle a dar libertad en el momento adecuado. Conversar con los tuyos, recuperar aquellas expresiones que siguen en tu recuerdo pero que se están volviendo difusas.

A mí me acompaña siempre cierto miedo a olvidarme de las historias que me cuentan y me contaban mis abuelos. Por eso escribo, para no olvidar.

María Sánchez dice algo muy acertado en su almáciga: “Hurgar en la memoria de los nuestros reconforta, pero también duele”. Es inevitable sentir cierto dolor, la ausencia pesa. Y pesa mucho.

Sin embargo, hace un tiempo comprendí que las personas no se van si permanecen en ti.

Ahora yo escribo y gracias a ellos me arraigo. Ahora habitan en mis letras.

6 comentarios en “Una almáciga para no olvidar

  1. Que bonito es recordar y sentir a esos que ya no nos acompañan, las palabras aquí no se las lleva el viento, presentes y muy vivas están.
    Me has recordado tantísimo a mi gente que aunque lejos están de tus dominios una cosa se comparte y es la esencia, la calidez y esa sabrosura que te saca sonrrisillas cuando piensas o enseñas una de esas palabrillas, algunas chuscas y otras incomprensibles a extraños y uno que otro propio.
    Ahora que vivo con el corazón en dos tierras día a día disfruto aprender nuevas palabras así como recordar y enseñar las que me sostienen en este camino de la vida.
    Que bonito es lo bonito !!!!

    1. Muchas gracias amiga, qué ganas de que te arranques a sentir escribiendo 💖

  2. Alicia este texto es emocionante. De verdad. Lectura necesaria.

    1. Ay amiga, muchas gracias por lo que escribes y cómo lo haces.

  3. Qué bonito texto. Yo también tengo un pueblo en Burgos y en la gloria pasábamos las tardes toda la familia jugando a las cartas. Curioso ver cómo cambian las expresiones de un lugar a otro. Rica cultura la que tenemos.

    1. Muchas tardes jugando a las cartas en familia, tienes razón. Qué bueno leer que también tienes parte de castellana. Muchas gracias por tus palabras Ana.

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