El arte como refugio: mujeres artistas y su dolor

Hay momentos en la vida que duelen. Hay vidas marcadas por el dolor. Hay dolores que pasan un tiempo en tu vida, pero luego se van. Y hay dolores que permanecen. Nuestra forma de lidiar, manejar o sobrellevar dicho dolor determina muchas veces cómo puede evolucionar nuestra vida.

Hace muy poco asistí con una amiga a un taller online de vivencias personales como parte del proyecto Participemos en Igualdad de la Asociación Deméter por la Igualdad. Una ONG nacional con sede en Málaga que ofrece “atención e intervención integral a niñas y niños que han vivido experiencias de violencia de género”. Ninguna de las dos habíamos participado nunca en uno, pero ambas disfrutamos sobremanera de la introspección.

El taller se suele realizar cada año y se denomina Arte, género y cultura: mujeres artistas. Propone una introducción al arte como canalizador del dolor. Presentando primero a varias mujeres que se expresaron artísticamente a raíz de experiencias traumáticas y/o momentos complicados en los que el arte pasó a ser una forma de terapia. Para después permitir a quienes asisten que se conviertan en esas artistas, cada una a su manera.

Hoy vengo a hablar de algunas de esas mujeres artistas. Mujeres que decidieron mirar a su dolor de frente, para entenderlo, sufrirlo, vivirlo y expresarlo de la forma más bella posible. Mujeres que tomaron el arte como su refugio. El mismo arte que las hizo libres.

Te voy a presentar a tres de las muchas mujeres artistas: dos que dejaron su huella, y una que aún lo hace a día de hoy. Cada una se merece una extensión de palabras bastante larga para comprender su vida y su obra, pero lo que pretendo con esto es captar tu atención e interés por profundizar en el tema, tal y como a mi me cautivaron en el taller donde nos introdujeron brevemente sus historias. Siéntete libre de explorar más allá de lo que vas a leer aquí, de sumergirte en sus vidas a través de su arte. O de abandonar esta lectura si por ahora nada te mantiene en vilo. 

Louise Bourgeois (1911-2010)

Intensamente condicionada por sus experiencias vitales, así como la infancia y su entorno familiar, las obras de Louise Bourgeois conforman una serie de relatos personales que muestran sus sentimientos más profundos. El abandono, el miedo a la pérdida de sus seres queridos, la traición o la pérdida. Y mucho dolor.

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Louise vivió diferentes situaciones que dejarían su mente llena de heridas abiertas que fue sanando con su arte. Una de las primeras sucedió durante la infancia de la artista. Un año después de que su madre contrajera la gripe española y cayera gravemente enferma, la familia contrató a Sadie Gordon: una joven profesora de inglés que pasó varias temporadas viviendo en la casa familiar porque enseguida se convirtió en la amante de su padre Louis. Un ambiente de engaño consentido por la madre, desprecio y arrogancia por parte del parte, y confusión para la pequeña Louise.

Cuando su padre muere de forma repentina, la artista entra en una profunda depresión que le lleva al aislamiento y al psicoanálisis. Años después crea Cells (Celdas), donde la escultora recrea unas pequeñas celdas donde encierra sentimientos. También contienen referencias a personas y experiencias del pasado, fruto de su deseo de recordar y olvidar a un mismo tiempo. “Tienes que contar tu historia, y tienes que olvidarla. Olvidas y perdonas. Eso te libera”, afirmó Bourgeois. La obra integra agujas, hilos y husos que aluden a su infancia y al oficio de sus padres, quienes tenían una galería y un taller de telas.

Más adelante, Louise dará forma a una de las esculturas más conocidas de su obra: la famosa Maman de 1999, situada junto al Museo Guggenheim Bilbao. Durante esa época, la artista exploró su obsesión con la araña como madre. La madre como protectora y depredadora al mismo tiempo. 

maman-louise-bourgeois

Louise se exploró a sí misma, representó sus sentimientos y emociones siendo además una auténtica promotora de los derechos de la mujer. Todo ello unido al humor y cinismo con los que percibía la vida.

Tracey Emin (1963)

“Soy una alcohólica, neurótica, psicótica, quejica, una perdedora obsesionada conmigo misma, pero soy una artista”. Esa es Emin definida por la propia Tracey. Con una infancia y una adolescencia especialmente complejas: violación a los trece años, dos abortos, incesto, anorexia, alcoholismo, rechazo social, pobreza. No se puede entender la obra de Tracey Emin sin comprender su vida. Pone de manifiesto sus humillaciones, traumas y sufrimientos de una manera frenética y carnal. Como es ella misma.

Tracey Emin Monument Valley

Para la artista el arte es terapia. Sumergirse en su memoria le permite superar diferentes etapas de su vida donde el dolor y el resentimiento resultaron ser más fuertes que ella. El sexo, las drogas y las resacas fueron su lugar de juventud. El arte se convierte en ese sitio íntimo y más estable donde liberarse de los excesos.

Su carácter reincidente durante la juventud llevó a Emin a expresarse de manera extrañamente visceral a través de varias técnicas: dibujos, fotografías, patchworks, vídeos, instalaciones, etc. Símbolo de aquella época de excesos es My bed (1998), una obra en la que nos muestra su propia cama sin hacer, rodeada de elementos que son un reflejo de la promiscuidad sexual y los excesos con el alcohol y las drogas con los que convivía entonces. Un momento de su vida en el que su excéntrica intimidad se convertía en espectáculo, en palabras de la misma Tracey: “El absoluto desastre y decadencia de mi vida”.

My Bed Tracey emin

Everyone I Have Ever Slept With 1963-95 sigue una dinámica parecida. Se trata de una tienda de campaña que adornó por la parte interna con los nombres de las personas con las que durmió en algún momento: compañeros sexuales, familiares de la infancia, su hermano mellizo y sus dos embarazos perdidos. Su proceso de superación pasa por bordar cada uno de los nombres de esos amantes y personas a las que amó para soltar lastre. Una tienda de campaña que se entiende como una especie de útero que reivindica a la mujer más autoconsciente y agresiva. Una inversión de roles, cuando siempre se ha entendido que solo el hombre puede ser quien se vaya a la cama con tantas personas como él quiera. Pues sí, Tracey puede. La mujer también puede.

Tracey Emin no solo exhibió su intimidad, también exploró la idea de soledad, alienación por el éxito y el fracaso sentimental. A día de hoy, sigue creando y es una de las mujeres más consagradas del presente artístico. Tal y como ella misma dijo: “Solo he sobrevivido gracias al arte, que me ha dado fe en mi propia existencia”.

Jo Spence (1934-1992)

El arte es un campo muy amplio donde también entra la fotografía. Jo Spence la concebía como un instrumento para visibilizar los cánones culturales que nos rodean y enferman. La artista exploró la construcción de imágenes, estereotipos, y los usos sociales y mediáticos de la fotografía. Empezó refiriéndose a sí misma como fotógrafa educadora, para más adelante iniciarse en la fotografía terapéutica a través del acompañamiento.

La fototerapia que ella realiza cambia la dinámica tradicional. Si lo usual era que el sujeto tuviera poco control sobre su propia representación, la fotografía terapéutica invierte dicha relación. Ahora el sujeto es capaz de actuar con narraciones personales, reclama su autoría y se hace responsable de su propia biografía. Con su trabajo habla de esa autorrepresentación, de los estereotipos de la belleza y la salud, además de establecer grandes aportaciones al feminismo.

Al final de su vida, trató la relación entre las imágenes y la identidad personal a través de un íntimo proyecto al que tituló The Picture of Health. Una serie de fotografías donde narra y critica los procesos de infantilización, victimismo y despersonalización que vive un enfermo durante el tratamiento. Jo tenía en ese momento cáncer de mama y hasta el último día se dedicó a ser su propia terapia. Fotografías en las que también da un espacio al miedo a la muerte y la tranquilidad de dejarse llevar por la misma; la fragilidad, pero también la fuerza que otorga una enfermedad; la incertidumbre frente a perder el pecho, un símbolo que puede resultar tan femenino.

Spence se retrataba dentro de un proceso tan complejo como el autoconocimiento. Se aceptaba a sí misma, y si no lo hacía se fotografiaba para que al menos lo hiciera quien la observara. Cuestionaba los roles establecidos para romperlos. Miraba al objetivo y en su reflejo tenía la certeza de conocer a quién veía.  

“La cámara es un testigo. La cámara escucha sin juzgar. El poder de la fotografía es hacer visible.”

Jo Spence

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